Un buen día te das cuenta


Basta un abrir y cerrar de ojos
para darse cuenta  
de la cercanía con la muerte.
Una lagartija disecada 
entre los libros.
Un gato envenenado a medio patio.
18 cuerpos en una fosa común 
recién encontrada. 
Un mensaje que dice: 
"no quisiera
ser el que te avisa".
O simplemente los ojos vacíos 
de un vagabundo 
que camina hablando solo,
sin rumbo alguno.
-Saulo Macario.

QUIERO



Quiero lanzarme por las escaleras y quebrarme los tobillos,
que mi cráneo explote y
manchar de sangre a los que estén alrededor.
Ser una mancha roja permanente en alguna acera.
Un licuado de pedacería:
Pulmones, Corazón, Riñones
Ojos.
Irreconociblemente conocido.
La apología del morbo.
En el suelo por días, que la gente cruce con asco,
que nadie sepa lo que sucedió.
Un recuerdo horrible para el pobre diablo que limpie
que nunca olvide la náusea y la resignación.
Una noticia como bomba sucia
provocadora de cáncer a todo el que la escuche.
Un poema a la ciudad: doloroso y necesario.
Quiero aventarme de lleno a la vida
porque no hay salvación hay poesía.
-Saulo Macario.

Metáfora

Mais un couteau reste un couteau
Un cœur un cœur
Louis Aragon

Las Palabras son pequeños peces  
en el agua cristalina de mi boca
saltando a tus luceros acuíferos,
buscando el Alimento prometido.

el Verbo es su anodoncia autoinducida:
mordida fútil que horada
un musgo negro inmarcesible
                     desesperadamente.

la Oración es rizoma que prolifera
en los pulmones;
enebro lirio Desgracia
nacida en el nadir del sentimiento,
cautiva del espacio que es silencio.

la Metáfora es el consuelo del pobre corazón
que no sabe
dónde prenderse del cuello que le está vedado.
-David Pichardo.

La Herida.

Siento la vena derrumbarse.

A cada palpitar,

parece más un viejo descompuesto

que un niño amaneciendo.

La herida no punza

Entonces, ¿es mía?

Las aves no lloran más,

son flautas ajenas,

con su húmedo sonido

—mierda intrusa

que como cómo como

tradición viva—

La herida no punza

Entonces, ¿es mía?

Ahora doy cuenta

de que mi insomnio

no era necedad

de seguir con vida.

Palabras que no son mías

salen en mi sopor.

—Adoctrinamiento—

el onceavo mandamiento.

La herida sangra,

pero no es mi jugo

el que pruebo.

Entonces, ¿quién muere?

Usumacinta y Grijalva,

con todos sus sedimentos

de mil aguas estancadas,

desembocan en mis llagas.

La sangre se seca;

la herida comienza a arder.

¿Quemo los ríos

o los dejo correr?

-Moreno-

El Mellotron.

Hoy, hace un año, Ofelia cesó de existir. 365 días se han sucedido, con un  mórbido letargo, y Julia siguen sin entender por qué su madre se fue tan intempestivamente. Ni una pista, ni una señal; ni siquiera una pequeña despedida. Ofelia, en palabras de su hija, simplemente cesó de existir. 

Vivieron solas mucho tiempo. Su padre, siempre obediente a lo que le dictaba su género, se ausentó cuando Julia dijo sus primeras palabras y, desde ese momento, se enfrontaron juntas al mundo. Nunca les hizo mucha falta, después de todo. La madre trabajaba día y noche para que su único fruto pudiese tener una mejor vida que ella. El eterno retorno de la crianza.

De nuevo, vivieron solas mucho tiempo, en una pequeña casa que le pertenecía a la madre de Ofelia. Las paredes del lugar siempre tuvieron el mismo color: un gris disfrazado de blanco que nunca fue del agrado de la niña. El olor, acorde con el tono poco didáctico del hogar, era añejo. El piso y la escalera eran uno de los principales responsables de este hedor. Sin embargo, el epicentro del perfume rancio era un artefacto tan odioso como el aroma que emanaba.

Herencia directa de los jóvenes años en los que el padre de Ofelia soñó con integrarse a una de las bandas experimentales de rock y jazz de ese momento, el Mellotron, instrumento tan ridículo como interesante, invadía, por completo, la casa. No solamente era el olor provocado por la humedad perpetua, sino su dimensión y su sonido.

Ofelia, desde que fue pequeña, quiso tocar un instrumento para llegar a ser un músico como su padre. Lamentablemente, existen veces en las que los deseos también se convierten en tradición tenerlos, pero nunca concretarlos. Ella intentaba practicar en el viejo cacharro lo que su padre le enseñaba, pero nunca evolucionó a más de unas simples imitaciones de las canciones favoritas del progenitor. Conforme fue pasando el tiempo, las cosas se iban y las personas crecían. Un día, de la misma manera en la que Ofelia se fue, su padre simplemente falleció. Durante diez años, conmemoraron su cumpleaños, hasta que la madre de Ofelia decidió matar esa tradición. Lo único que celebraba su memoria en esa casa era el anticuado instrumento que sonaba cada vez que Ofelia recordaba a su padre.

Julia odiaba su sonido. Siempre le causó un terror enrome. Decía que era como escuchar un antiguo lamento espectral. Cada vez que su madre empezaba a rozar sus dedos con las teclas, ella corría rápidamente a su cuarto y se encerraba. Desafortunadamente, las vibraciones y ondas que emitía este fantasma de instrumento perforaban paredes y oídos.

Hoy, hace un año, Ofelia cesó de existir. Y Julia, aun sin asirse de una mínima respuesta o, siquiera, algo que la pueda alentar en este día nocturno, tiene que salir de su cuarto para dirigirse a la misa convocada por su abuela. Tiene que hacerlo, pero no puede. Sus piernas decidieron que hoy estarán de luto y no saldrán de ahí; sus lágrimas, por otro lado, se hacen más presentes que nunca.

Se les hace tarde, la abuela de Julia toca, toca y toca la puerta del dormitorio. Para por un momento, solo para arremeter con unos golpes más duros y una voz dolida y enojada: “¡Se nos va a hacer tarde, Julia! ¡Apresúrate!”. A la niña ni siquiera se le ocurre responder, solo deja que esas palabras choquen en las paredes del cuarto, de sus oídos, de sus huesos.

Otros golpes se vuelven a escuchar, pero ninguna voz se alcanza a percibir. Julia sigue ensimismada hasta que, por tercera vez, la puerta suena. Esta vez, los toques fueron mucho más suaves. La única respuesta de Julia es seguir inundando la habitación con su dolor. Todo está más silencioso que antes; las paredes escuchan sus propios rechinidos.

De repente, una melodía familiar llena la habitación. Julia abre los ojos rápidamente para cerciorarse si no fue un simple sueño. El Mellotron, como si hubiese despertado de un eterno sopor, vuelve a resonar. Julia, confundida, sale de su cuarto y baja lentamente las escaleras tratando de recordar si su abuela alguna vez tocó ese instrumento.

“¿Abuela?”, exclama la voz tenue y perdida de la niña al llegar a la sala de la casa. Haciendo una breve búsqueda con la mirada, Julia no encuentra rastro alguno de su familiar. Antes de que pueda volver a formar el vocablo, la melodía retumba una vez más. El sonido llegó tan profundamente a Julia que, en lugar de tener algún miedo, va directamente al Mellotron con curiosidad. Examina como puede al cacharro para poder entender la razón de su sonido involuntario.

Julia roza con sus dedos la anticuada maquinaria lentamente; pasa por las manijas, los botones hasta una leve presión de su pulgar emite, sin querer, una nota que la asusta, haciendo que se aparte ligeramente del instrumento. Un silencio envuelve ese pequeño espacio, convirtiéndolo en algo intimo, casi en un secreto. La nota, sin que nadie la presione, vuelve a sonar. Julia, instintivamente, aprieta la tecla para recrear el sonido. Inmediatamente, la tecla de si bemol se hunde autónomamente disparando el sonido. La niña recrea el sonido una vez más. Otra tecla suena, y otra y otra, mientras que Julia las replica cuidadosamente.

Por fin, la melodía se completa y Julia logra tocar lo que la había atraído al Mellotron. La repite una vez, lentamente. Nota a nota, puede recordar el rostro de su madre, su tacto, su voz. Después terminar la secuencia, nota en la atmosfera una calma que la abraza y, por primera vez, el instrumento deja su típico olor para darle paso a un aroma bastante familiar para Julia.

Como si fuese un mantra, Julia reproduce la melodía hasta que su abuela la interrumpe: “¿Ya nos vamos? Haz estado jugando con eso toda la tarde”. Las manos de la niña repiten los sonidos por última vez, como si fuese una despedida. Al acabar, después de cerrar brevemente los ojos, se aparta del Mellotron para acercarse a su familiar y abrazarla. Después de que Julia se recuesta, por un momento, en el ser de su abuela, levanta sus ojos que son recibidos por unas suaves palabras: “Tu mamá siempre tocaba esa canción”.

-Moreno-

No pudo tragar tu ojo.





No pudo tragar tu ojo.

I

Lámina fría y dura que entre tus manos y entre los objetos arrumbados de tus cambiantes cuartos vacila, al igual de incierto que el origen de tu abuelo, rostro perdido en las revueltas del cerro valiente supo encontrar refugio al fondo de una gruta, sin apellidos ni pasado heredó sólo aquel de quienes lo encontraron, así como nos heredas ahora la única credencial cuya foto destila mirada confundida, labios mudos y un apellido materno: Medina.

Bolsa de tela negra, desgaste de polvo y en verdad de cuántos trayectos, las asas raspadas por el tambaleo de tu cuerpo, lo mismo torcidas que tus tobillos viejos, trasladaron pocas camisas, chamarra café, rastrillos desgastados y oxidadas tijeras KAMEL HERMANOS cuyo borde afilabas quizá para proveerte de retazos de papel en los cuales anotar un nombre, un número, destrazar un croquis que sólo tu entenderías, pedacería que la costumbre del viaje ligero provoca.

Mudable tu firma, mudable figura de camaleón, mudable la M que encierra en ella, mudable Maurilio, oscuro y vedado, sin habla durante la infancia, sin oído en tu vejez. Moreno huidizo, tu nombre fue abandono. Mientras veías el paisaje correr por la ventana, tan sólo sintiendo la vibración del motor en tus huesos ¿te sentías anclado a ella? Pueblos tan similares depositaban gránulos de polvo en tu ropa entera, aroma seco que trae la cosecha de frijol primavera.

Cuando te conocí en mi infancia tus dedos trazaron con lápiz un borrego encima del sobre que contenía las radiografías de tus piernas, lo último que dibujaste antes de aquel último viaje fue una radiografía. ¿Dudaste al separarte de ella? Letras deslizan ante ti XOCONUSCO. Tus anotaciones: Barrio Alto. Precio de venta: 550. El camión suspira al abrir su puerta. No hay croquis esta vez, el camino solito te lleva, el camino solito te regresa. Fricción entre la tela de tu camisa y la cinta de la maleta.

II

Madera se astilla en tu sien, cuchara que empuja, cuenca que no cede.

El estallido sordo lo sentiste el día de ayer para morir instantáneamente, los siguientes sólo retumbaron en los oídos del pueblo.

¿hace cuánto tiempo que querías venderla?

Una vieja arma que te acompañó durante toda tu vida, un viejo de 64 años que te dijo que podía comprarla.

Una cuenca que no quedará vacía. No pudo tragar tu ojo.

Uñas rotas, ásperos dedos que intentan extraer… No puede tragar tu ojo.

Sus labios llagados, aftas que supuran aliento alcohólico… No podrán tragar tu ojo.

-Yv-

DOS POEMAS

De Saulo Macario
A UNA PERRA QUE CON ANSIAS LADRA
CUANDO MIRA POR LA VENTANA
 
No sé a qué le ladres, a veces, no hay nada allí abajo.
Te gusta ver por la venta, lo sé,
pero la cierro repentinamente por molestia,
odio tu fuerte ladrido,
aunque con el estuvieras gritando:
“¡Déjame salir! ¡Déjame ir!
¿Qué no ves que muero?
Que la vida que llevo, vida de cuatro
paredes y comida insípida, no es grata”.
Algo que algunos deseamos gritar.
 
Tal vez sólo ladras dejando
escapar una parte de tu alma.
 
Me debes odiar, seguiré cerrando
la ventana
          porque cada que te escucho, me escucho.
VIENDO AL PERRO
 
Desearías que lloviera,
sólo esas noches
tempestuosas
te dejan dormir adentro,
calientito
sobre esos retazos
de playeras que debían
ir a la basura hace mucho.
Miras desde afuera
al otro perro
que está en su casa
echado y acurrucado.
Uno de estos días
lloverá y estarás adentro,
pero sólo serán horas.
Efímera felicidad.

Poema: “2098”

Yo solo espero/creo/imagino

que cuando tenga cien años

los ríos no lloren más,

la tierra deje de dolerse

y que el viento deje de ser un sonido de muerte.

Yo solo veo/siento/propongo

que cuando tenga cien años

los abrazos no tengan espinas,

las risas no expulsen cristalería rota

que pueda abrir la garganta de los recién nacidos

y que, por ventura, por mi abuela, el sexo

no sea un tren carbonizado de una sola ruta.

Yo solo necesito/preciso/busco

que cuando tenga cien años

mis hijas no tengan miedo de bailar,

mis hijos no hesiten en llorar,

mis huesos no paren de flotar;

lo único que no quiero es estorbar.

Yo solo fantaseo/supongo/calculo

que cuando tenga cien años

este poema esté caduco.

-Moreno-.